Al otro lado del olvido.
Te he mentido todo este tiempo, por supuesto que te extraño. He echado de menos sentirme acompañada, nada es igual. ¿Para qué mentir? Verte con ella es la manera más extraña de masoquismo y la forma más práctica de cometer suicidio. Pienso muy seguido que fue mi culpa, que tal vez te hice ver me rendí sin darme cuenta. La culpa se hace evidente en mí, de hecho, mis pómulos ya no parecen tener vida, mis mejillas parecen de papel marcado por el paso de un mar salado… Entonces, comienzas a formularte esas frases tan odiosas y reales, y te das cuenta que hay cosas que habría sido conveniente no enterarse, que “Es inevitable que el doler vaya ligado al querer, porque el sufrir es amar, lo que es una espina es a una rosa”.
Reconozco que no ha sido la mejor decisión, pero no te miento cuando te digo que no habría sido capaz de soportar tus mentiras cara a cara, la hipocresía no era lo mío. Me reprochaste una y mil veces que beber y fumar algún día me mataría, pero, al fin y al cabo, ese privilegio te lo quedaste tu. A fin de cuentas, no morí de asfixia ni morí por exceso de alcohol. Morí a cuenta tuya, a tu revolver de encantos y sobredosis de tu ausencia, poco a poco me fui ahorcando con tu olvido hasta que ya no lo entendí y allí conocí todo el infierno que guardabas en tus ojos.


